Hoy vamos a hablar de las magdalenas. Las de siempre, las de toda la vida. Ni muffins, ni cupcakes. A ellos nos referiremos en otros posts. No, hoy vamos a hablar de esas magdalenas densas y esponjosas que se bebían nuestra leche del desayuno cuando éramos pequeños. Pero no nos importaba. A ellas se lo permitíamos todo, porque luego las engullíamos y disfrutábamos extasiados su sabor dulce y delicioso mientras la leche nos corría por la barbilla tratando de masticar.
Vamos a hablar de esas magdalenas cuyo aroma artesanal inundaba nuestras casas cuando alguien abría la bolsa para coger la primera. Retirar el papel ondulado era como un ritual mágico, al igual que partirla en trozos y hundirlos en la taza de leche para rescatarlos después con la cuchara, empapados y rebosantes. ¿Quién no tiene recuerdos de los desayunos de su infancia, a base de leche (con o sin Cola Cao) y enormes magdalenas, dulces, suaves y apetitosas?
Las magdalenas son únicas e inimitables. Muchos pensaréis que tanto muffins como cupcakes son más de lo mismo, pero más moderno. Nada más lejos de la realidad. La verdad es que son como primos muy, muy lejanos. La primera diferencia es la forma de prepararlos: las magdalenas se baten mucho para que su textura sea esponjosa y con burbujas. Gracias a ello, se forma esa especie de capucha en la parte superior. Los muffins apenas se baten, por lo que son mucho más densos y aplanados. Además, existen multitud de recetas de muffins, tanto dulces como salados, que pueden incorporar todo tipo de frutas, frutos secos, chocolate, queso, huevos, carne o verduras.
En cuanto a los cupcakes, se trata de mini tartas que reconoceréis por sus increíbles coloridos y sus fantasiosas decoraciones. Sin embargo, recetas de magdalenas solo existe una. Podrán ser más grandes o más pequeñas, redondas o alargadas, pero seguirán siendo magdalenas, y su sabor será siempre el mismo, ése que nos transporta a los desayunos de nuestra infancia.


Sí, regresar a tu infancia al comer magdalenas debe ser algo universal. Y si no, que se lo pregunten a Marcel Proust, quien, en su obra Por el camino de Swann (el primer volumen de En busca del tiempo perdido), hace a su protagonista evocar sus viajes de infancia a la casa de la tía Leoncia simplemente por comer un trozo de magdalena mojada en té:
“…abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa…”.


¿Queréis conocer la historia de las magdalenas? Os cuento. Como todos sabéis, las magdalenas son pequeños bizcochos tradicionales en España y Francia. En Francia, las magdalenas más conocidas son las de Commercy, una pequeña localidad de la región de Lorena. Sus magdalenas se elaboran con moldes en forma de concha. El aspecto de las magdalenas españolas también recuerda a la forma de una concha, lograda a base de moldes de papel rizado. Ambos tipos de magdalena se elaboran con huevo, harina, levadura, azúcar, aceite o mantequilla y aroma de limón.
Los orígenes se desconocen a ciencia cierta. Se cree que las primeras magdalenas de Commercy fueron elaboradas hacia 1755. El rey de Polonia y duque de Lorena, Stanislas Leszczynski, poseía un castillo en la localidad de Commercy. Cuentan que, una tarde, ordenó preparar un postre especial para los invitados a una cena que iba a organizar. Una joven llamada Madeleine Paulmier que trabajaba como parte del servicio en la cocina del castillo elaboró unos pastelitos que gustaron a todos los presentes, por lo que Leszczynski decidió bautizar al pastelito con el nombre de la cocinera: Madeleine. Estas madeleines no tardaron en endulzar las fiestas de la corte en Versalles y París y, más tarde, en el resto de Francia.


La versión española del origen de las magdalenas cuenta que estos dulces comenzaron a venderse a los peregrinos del Camino de Santiago por una joven llamada Magdalena, que elaboraba sus pasteles en forma de concha en honor a las conchas de vieira. Posteriormente, estas magdalenas se extenderían por las demás rutas del Camino de Santiago, dando lugar a su expansión por toda la península.
¿Queréis saber dónde se comen las mejores magdalenas de España? Pues según un estudio realizado por la OCU en 2012 sobre treinta magdalenas de diferentes marcas, la mejor magdalena española se elabora en un pueblo de Extremadura llamado Higuera la Real (Badajoz). Hablamos de las magdalenas artesanas Romo, elaboradas por Productos Romo, una fábrica familiar de dulces tradicionales que, a raíz de alzarse con el primer premio en dicho estudio, comenzaron a exportar sus madgalenas a lugares como Alemania o Dubai.
Si Higuera la Real os queda demasiado lejos para ir a comprar una docena de magdalenas, leed con atención lo que os cuento a continuación: ¿os gustaría probar una delicia magdalenera que os transportará al éxtasis? No dejéis pasar la oportunidad de saborear las magdalenas de aceite y leche del convento de las Comendadoras de Toledo. Gracias a la leche que incorporan a la receta, la masa resultante es muy húmeda y el producto final son unas magdalenas supertiernas y blanditas que son una auténtica locura. Elaboradas con todo el cariño, la paciencia y el buen hacer de las monjitas de nuestros conventos.

Si preferís elaborar vuestras propias magdalenas en casa, id calentando el horno porque, a continuación, os contamos los secretos para preparar las magdalenas más dulces y esponjosas que se tragarán mañana toda la leche del desayuno. ¡Animaos! ¡Es mucho más fácil de lo que pensáis! ¡Y después, contadnos cuántas veces tuvisteis que rellenar la taza para no quedaros sin leche!
Receta de Magdalenas Clásicas de Aceite
Hoy es un día especial, mis intrépidos reposteros. Porque hoy vamos a cocinar una de esas recetas que nos transportan a nuestra época de pequeños reposteros gamberretes. Todos recordamos esos desayunos estivales en el pueblo, con nuestros hermanos o nuestros primos, cuando nadie tenía prisa. Esas magdalenas de pueblo recién horneadas, esponjosas y aromáticas que partíamos en trozos para mojarlos en leche. Las prisas para meterlas en la boca porque así, empapadas en leche, tardaban medio segundo en romperse. Y esos churretones de leche que nos caían por la barbilla con toda la boca llena de magdalena rebosante en leche. Las risas al ver a los demás con sus propios churretones de leche por la barbilla y el desastre que quedaba después, con toda la mesa del desayuno llena de charquitos de leche.
Es un sentimiento universal: las magdalenas nos transportan a todos a los desayunos de nuestra infancia. Así que hoy vamos a fabricar los recuerdos para nuestros peques, para que ellos también puedan apreciar el placer de transportarse a su infancia al percibir el aroma de una magdalena cuando se hagan mayores.
¡Y qué caray! ¡También porque están muy buenas!
Lista de la compra:
- 250 g. de harina para repostería (con poca fuerza)
- 220 g. de aceite de oliva suave (o aceite de girasol)
- 3 huevos a temperatura ambiente
- 210 g. de azúcar
- 70 g. de leche
- Medio sobre de levadura
- Una pizca de sal
- Media cucharadita de canela
- No olvidéis las cápsulas de papel, rizadas o no, de colores, con dibujos o clásicas, a gusto de cada cual
Utensilios utilizados:
- Bol.
- Tamizador.
- Robot amasador o varillas manuales.
- Cápsulas de papel.
- Rejilla enfriadora.
¡Manos a la obra!
- Tamizamos la harina, la levadura y la sal en un mismo recipiente y las reservamos.
- Mezclamos el aceite y la leche en otro recipiente y reservamos.


3. Echamos los huevos en un bol, agregamos el azúcar y batimos con un robot a velocidad alta durante 15 – 20 minutos, hasta que la mezcla haya duplicado o triplicado su volumen. Es importante batir mucho para que la mezcla resultante tenga mucho aire y las magdalenas queden muy esponjosas.



4. Agregamos el aceite con la leche poco a poco sin dejar de batir.

5. Bajamos un poco la velocidad de batido y agregamos poco a poco la harina. Cuando esté toda incorporada, añadimos la canela, subimos de nuevo la velocidad y seguimos batiendo unos 5 minutos más (si lo preferís, podéis añadir la ralladura de un limón en lugar de canela para darle ese toque a limón de las magdalenas clásicas)


6. Es recomendable introducir la masa en el frigorífico antes de hornear durante, al menos, una hora: el contraste de temperaturas hará que la masa suba más.

7. Precalentamos el horno a 250ºC mientras ponemos la masa en las cápsulas de papel. Para evitar que la masa se salga durante el horneado, no debemos sobrepasar las ¾ partes de la altura de las cápsulas al rellenarlas.

8. Espolvoreamos con azúcar antes de introducir las cápsulas en el horno.

9. Cuando transcurran los 3 los primeros minutos, bajamos la temperatura a 210ºC y seguimos horneando unos 10 – 12 minutos más.
10. Sacamos las magdalenas del horno y las dejamos enfriar sobre una rejilla.

¡Listas para devorar! Tomadlas solas, mojadas en leche o untadas con Nutella o mermelada. Tomadlas como queráis, ¡pero disfrutadlas! ¡Que aprovechen!



Han puesto su alma en estas deliciosas magdalenas:

Lourdes Fernández
Nuestra Guerrillera de los Fogones
Con el cariño, buen hacer y delicadeza que requiere la repostería pongo todo el empeño en cada paso, y añado mi gusto por la decoración con el fin de sacar el mejor partido a Toledo en Dulce. Acompáñame en este viaje y descubrirás desde los dulces más clásicos hasta un increíble mundo repostero lleno de fantasía.

Ana Sanz
La Ilustre Gacetillera
Caminante de lejanos rincones que han tenido a bien acogerme; retornada a Toledo por vocación y añoranza. Lectora compulsiva, escritora en mis ratos libres; me gustan los dulces, los libros, caminar mientras divago, conocer sitios y disfrutar las cosas sencillas.




