Vamos a continuar hablando sobre la historia de Toledo, esa enigmática ciudad que te hechiza de un modo extraño, invitando a perderse en sus callejuelas neblinosas de pasadizos silenciosos y cuestas empedradas para envolverte en recuerdos inquietantes y embaucadores.

El legado árabe

Como ya dijimos en el post anterior de esta serie (Historia de Toledo I), Toledo fue tomado por los árabes sin dificultad: la población había huido sabiendo que los invasores se acercaban. Tarik ibn Ziyad, el general bereber que la sometió, le cambió el nombre a Tulaytula.

La mayoría mozárabe que persistió en Toledo (cristianos que no se convirtieron al Islam) preocupaba a Córdoba, la capital del emirato. En el año 797 se produjo en Toledo una revuelta contra el emir, Alhakén I. Amrus ben Yusuf, un militar al servicio del emirato, sofocó la revuelta y el emir le nombró gobernador de Toledo. Poco después, sabiendo que una nueva rebelión se estaba fraguando en la ciudad, Amrus mandó construir en Toledo una fortaleza provista de un foso. Cuando la construcción hubo finalizado, ofreció un banquete de inauguración al que invitó a todas las familias nobles que se habían rebelado contra el emir.

Los nobles Toledanos se engalanaron creyendo que asistían a un banquete como tantos otros. Sin embargo, cada vez que una familia noble accedía al interior de la fortaleza, todos sus miembros eran decapitados y sus restos arrojados al foso. Estos hechos dieron lugar a “la jornada del foso”, documentada en las crónicas toledanas de siglos pasados, y pudieron ser origen de la famosa expresión “pasar una noche toledana”. De este modo, el emir contuvo a la población de Toledo durante un tiempo, aunque existen referencias a nuevas revueltas contra el emirato pocos años después y durante los siglos posteriores. En el s. XI, Toledo se convertiría en capital de un importante reino de Taifa tras la desintegración del califato de Córdoba.

La cultura árabe nos trajo numerosos e importantes avances en todos los campos del saber, y mejoras culinarias tanto en la riqueza de los alimentos como en la calidad. Al-Ándalus nos regaló el gusto por los sabores y aromas de las especias y el afán por los sabores agridulces; nos enseñó nuevas formas de guisar y de conservar alimentos. Introdujeron en nuestra gastronomía los olivos, dátiles, albaricoques, naranjas, limones y sandías.

Nos trajeron la canela, el azafrán, jengibre, cilantro, clavo, pimientos y chufas. Con ellos sustituimos la miel por azúcar al endulzar nuestros postres, y nos legaron una cultura repostera inmensa: de ellos aprendimos a elaborar hojaldres, empanadas, buñuelos, pestiños, turrones, polvorones o alfajores. Se trata, sin lugar a dudas, de la cultura que más elementos nos brindó para conformar la base de nuestra dieta mediterránea, una de las dietas más sabrosas y saludables del mundo.

La Reconquista

Toledo fue asediada varios años durante la Reconquista. Por fin, en mayo del año 1085, la ciudad se rindió y Alfonso VI desfiló triunfante sobre su caballo por las calles de la ciudad. Existe una leyenda muy conocida en torno a la entrada del monarca en la ciudad: la leyenda de la mezquita del Cristo de la Luz.

Su nombre original era Mezquita de Bab-al-Mardum, y se situaba cercana a la puerta antigua de Bisagra. Cuatro siglos antes había sido una ermita pero la llegada de los árabes a la ciudad la transformó en mezquita y se tapiaron cuantas tallas cristianas hallaron en su interior.

Cuando Alfonso VI atravesó la Puerta de Bisagra, tomó la cuesta del Cristo de la Luz para llegar a Zocodover. Cuentan que, al pasar junto a la mezquita, su caballo se arrodilló y se negó a continuar. Ante lo insólito de la situación, el rey se bajó de su montura y se adentró en la mezquita, observando un resplandor que parecía provenir de uno de los muros. Al tirar el muro abajo encontraron una pequeña talla de Cristo que, a pesar de los siglos transcurridos, aún mantenía encendida la llama de la lamparilla. El crucifijo se colocó de nuevo en la mezquita, que volvió a consagrarse al culto cristiano y a partir de entonces se llamó Ermita del Cristo de la Luz.

Si paseáis por delante de la antigua mezquita, podréis ver una baldosa pintada de blanco. Cuentan que ésa es la baldosa en la que el caballo de Alfonso VI se arrodilló.

Alfonso VI llegó a un acuerdo de capitulación con el rey de la Taifa mediante el cual garantizaba la seguridad de los musulmanes que vivían en la ciudad. La convivencia de árabes, judíos y cristianos dio lugar a los siglos de mayor esplendor en la ciudad. Alrededor del zoco (la actual Zocodover) se abrieron calles comerciales donde se vendían productos de lujo (sedas, joyas o filigranas) junto a otros de uso diario como especias, paños o hierbas.

 

El legado judío

La población judía se asentó en dos juderías: la Judería Mayor y la Judería Menor. Aunque las tres culturas se disponían en barrios separados, la convivencia era, por lo general, pacífica. A lo largo de estos siglos se instauró la Escuela de Traductores de Toledo, con maestros mozárabes y judíos, y también se habla de la existencia de una Escuela de Ocultistas judíos que, partiendo de la enseñanza de la Cábala, mostraba todo un mundo de ciencias ocultas que se popularizaron no solo entre judíos, sino también entre árabes y cristianos, dando lugar a las leyendas de la magia toledana.

Son pocos los datos que nos han quedado sobre la gastronomía de los judíos españoles en aquellos tiempos, y es curioso que la mejor forma de investigar al respecto sea leer los procesos inquisitoriales de los siglos XV y XVI. Los inquisidores, severos con los sefardíes que no huyeron de la península, describían las tradiciones y creencias judías haciendo referencia en ocasiones a su alimentación, y gracias a ello se conservan recetas y costumbres culinarias. Se sabe que su repostería era muy apreciada.

Entre sus dulces más populares se encontraban los arrucaques, que se elaboraban con pan ázimo, miel y aromatizantes, los pastelitos o tartas de queso, llamados shuviah, las tortas con miel y los dulces preparados con ocasión de las celebraciones religiosas, como rosquillas de Hanukka o las orejas de Hamán para la fiesta de Purim.

La Ciudad de las Tres Culturas

Como hemos dicho, la convivencia entre las tres culturas era pacífica, pero las distintas religiones siempre fueron una barrera. Existen numerosas leyendas acerca de amores interreligiosos que ponían de manifiesto la imposibilidad de convivir cuando los amantes profesaban distintos credos. Un ejemplo de los más conocidos es la leyenda del Pozo Amargo, que explica por qué las aguas de este pozo son amargas en lugar de ser potables.

La leyenda habla de una pareja de jóvenes amantes, ella hebrea y él de origen cristiano. El joven visita a su amada todas las noches, pero una noche son descubiertos por el padre de la muchacha, que asesina al joven cristiano. A partir de entonces, la joven llora desconsolada sobre el pozo cada noche, haciendo a sus aguas volverse amargas. Una noche, la joven cree ver en las aguas del pozo la imagen de su amado llamándola para que se reúna con él. La joven se lanza al pozo y muere.

Se trata de una de tantas leyendas que versan sobre amantes cuyas religiones diferentes acababan convirtiéndose en una barrera insalvable: registros orales de la reticencias que seguramente eran la realidad cotidiana de la ciudad en aquellos tiempos, y que llevaron a que, en el s. XV, los judíos fueran perseguidos y muchos de ellos se vieran obligados a abandonar la península para siempre. En el año 1492, los judíos fueron expulsados de España. Cuentan que, tras huir de Toledo, muchos sefardíes conservaron las llaves de sus antiguas casas con la esperanza de poder abrirlas si algún día se les permitía regresar. Muchos judíos en Israel y en otros lugares del mundo siguen hablando la lengua ladina o sefardí y añorando la antigua tierra de Sefarad.

Tras la expulsión de los judíos, los Reyes Católicos reformaron Toledo. Su hija Juana de Castilla (mal llamada “la Loca”, pues parece que estaba más cuerda de lo que nos han contado) y Felipe el Hermoso se proclamaron herederos de la corona en la catedral de Santa María. Isabel I de Castilla (Isabel la Católica) ordenó construir el monasterio de San Juan de los Reyes, donde quería ser enterrada, aunque finalmente se enterraría en Granada junto a su marido, Fernando II de Aragón. El nieto de ambos, Carlos V, hizo de Toledo su ciudad imperial y sede de la Corte.

Caída en desgracia

La decisión de Felipe II de trasladar la Corte a Madrid hizo que Toledo perdiera su peso político. La caída en desgracia parecía presagiar el capítulo que se avecinaría pocos años después, hacia 1580, cuando murió la tercera parte de la población de la ciudad.

Son numerosos los documentos donde se detalla el episodio de gran catarro que barrió la península y, especialmente, las grandes ciudades como Madrid o Toledo, que contaba en aquel entonces con un censo de 60.000 habitantes, una población alta para cualquier ciudad de la época. Tradicionalmente considerada la primera pandemia de gripe de la que se tiene constancia, a día de hoy existen dudas sobre si se trató realmente de una gripe, de una pandemia de tosferina o incluso de peste neumónica. Se cree que su origen estuvo en Asia, de donde se transmitió a Europa y América.

Existen documentos donde se detalla que no había en Toledo médico que pudiera visitar a los enfermos ni clérigo que pudiera administrar los sacramentos, y que, incluso, hubo misas ofrecidas por seglares debido a la muerte de los clérigos que debían oficiarlas. Se cree que el 80% de la población enfermó, y la mitad de los que enfermaban acababan muriendo. También fue causa de la muerte de Ana de Austria, la cuarta mujer de Felipe II.

La llegada de los Borbones en el s. XVIII dio lugar a un resurgir de la ciudad con el establecimiento de la Real Compañía de Comercio y Fábricas o la Real Fábrica de Armas aunque, en el s. XIX, la ruina económica del país tras la pérdida de las colonias americanas, las guerras carlistas y la Guerra de Independencia, que originó graves destrozos en Toledo, sumieron a la ciudad en un periodo de decadencia.

El símbolo de la resistencia en la Guerra Civil española.

Al estallar la Guerra Civil Española, ya en el s. XX, Toledo se situó en zona republicana. Unas dos mil personas leales al bando nacional se refugiaron en el Alcázar al mando del General Moscardó, donde resistieron dos meses hasta la llegada del General Varela. Este asedio del Alcázar, ampliamente difundido por la propaganda franquista, dio lugar a la casi total destrucción del Alcázar de Toledo, así como a grandes destrozos en zonas cercanas debido a errores en los bombardeos.

Como veis, la historia de Toledo se puede calificar de difícil e incluso cruenta en ocasiones, pero también ha dado lugar a innumerables leyendas de magia, tolerancia y amoríos (casi siempre imposibles, todo hay que decirlo), que han ayudado a moldear la fuerte personalidad de la ciudad y todas sus singularidades. Desde aquí os animamos a que visitéis Toledo y paseéis sin prisas por sus calles centenarias, la única forma de apreciar realmente el magnetismo que emana de cada recoveco, como una antiquísima fórmula de hechicería de la que no pudiera desprenderse. Y por supuesto, no lo olvidéis: ¡probad los dulces de sus conventos y obradores!

¡Ah, que ya habéis estado en Toledo! Entonces, ¿a qué esperáis? ¡Contadnos lo que más os gustó! ¡Estamos deseando conocer vuestras experiencias!

Ana Sanz

Ana Sanz

La Ilustre Gacetillera

Caminante de lejanos rincones que han tenido a bien acogerme; retornada a Toledo por vocación y añoranza. Lectora compulsiva, escritora en mis ratos libres; me gustan los dulces, los libros, caminar mientras divago, conocer sitios y disfrutar las cosas sencillas.

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