Mis intrépidos reposteros, el mundo es un lugar loco. Un mes sumergidos en una lluvia constante, densa y envolvente. La piel arrugada y grisácea, como la de un rodaballo. El español medio estaba empezando a desarrollar escamas, aletas y branquias. Por primera vez en mi vida había desgastado las suelas de las katiuskas y las Converse me miraban desde la esquina del dormitorio con expresión triste y apática. Incluso empezaban a mostrar una fina capa de polvo. Me recordaban a las imágenes actuales de Chernóbil, con la selva creciendo por los muros de los edificios a causa del abandono…
Y hete aquí que, un día, nos levantamos y no hay nubes. Emergemos a la luz del sol con la mano en los ojos, cegados, con miedo y reticencia, cual hombre primitivo acercándose a la primera fogata. Nos ponemos las gafas de sol y, a medida que transcurren las horas, nos quitamos el abrigo, la cazadora vaquera, el jersey gordo, la chaqueta de punto y la camiseta de manga larga. La sensación de alarma nos invade al ser conscientes de que también nos sobra la camiseta de manga corta. La primavera duró 3’4 horas. ¡Hola, verano! Se resecan los labios, la piel enrojece y quema, la boca se torna pastosa, el asfalto se reblandece. El mundo es un lugar inhóspito hecho de destellos deslumbrantes y somos conscientes de que nuestro cuerpo ya no está preparado para la España de antaño, aquella España de hace un mes. ¡Vamos a morir deshidratados!
Entramos en pánico. Arrojamos el paraguas por la ventanilla al volver del trabajo y dejamos el coche mal estacionado frente al portal. Abrimos la puerta del edificio con manos trémulas y subimos las escaleras de 3 en 3, sin esperar al ascensor, mientras cantamos Anxiety de Doechii a voz en cuello. Cuando al fin cerramos la puerta de casa a nuestra espalda, pensamos con frenesí. ¿Qué podemos hacer para hidratarnos y evitar la combustión espontánea? De pronto, una intrigante sonrisa acude a nuestros labios resecos. Porque ayer hicimos la compra. Tenemos mangos, tenemos nata, tenemos azúcar y, por tanto, ¡tenemos una rica y refrescante mousse de mango! Ese chute de frescor, vitaminas e hidratación que nuestro cuerpo anhela y nos permitirá seguir con vida otro día más. ¡Arriba esos rodillos! (No, hoy no vamos a usarlos pero es para dar énfasis). ¡A trabajar!
Lista de la compra para nuestra mousse de mango (6-8 mousses):
- 520 g. de pulpa de mango (2 mangos grandes)
- 350 ml. de nata para montar (muy fría)
- 100 g. de azúcar glas.
- 4 hojas de gelatina.
- Para la decoración necesitaremos cacao en polvo y barquillos.
Utensilios utilizados para elaborar nuestra mousse de mango:
- Bol.
- Batidora eléctrica.
- Varillas eléctricas.
- Espátula de silicona.
- Recipientes para la mousse.

¡Manos a la obra!
1. En primer lugar, pelamos los mangos, los cortamos en trozos, pesamos los 520 gramos y batimos hasta obtener un puré. Reservamos.
2. En segundo lugar, introducimos las hojas de gelatina en agua para que se hidraten. Reservamos.




3. A continuación, montamos la nata con el azúcar glas hasta que quede bien firme.
4. Seguidamente, calentamos 4 cucharadas de agua en el microondas y echamos en ella las hojas de gelatina hidratada. Mezclamos bien con una cuchara hasta que no queden grumos. Con esto, lo que pretendemos es activar la gelatina. Reservamos.




5. Para continuar, agregamos poco a poco el puré de mango a la nata montada y mezclamos con la espátula de silicona empleando movimientos envolventes. Cuando hayamos mezclado toda la nata y el puré, añadimos la gelatina y mezclamos bien.




6. Por último, repartimos la mousse entre los recipientes e introducimos en la nevera un mínimo de tres horas para que cuaje. Cuando vayamos a servir, espolvoreamos un poco de cacao por encima y colocamos unos barquillos. ¡Ya tenemos listas nuestras ricas y refrescantes mousses de mango!




Un rato después, en la tumbona de la terraza con el sombrero de paja, las gafas de sol, el protector solar, la camiseta veraniega con dibujos de frutas y las piernas en alto, bronceándose. El calor nos amodorra, el sonido de las chicharras nos relaja y el soniquete del Despacito de Luis Fonsi en Spotify nos reconcilia con el verano. A nuestro lado, sobre la mesita, el recipiente donde pusimos la mousse. Vacío. Porque ya nos la hemos comido. De ahí nuestra cara de satisfacción.
Miramos los transeúntes deambular por la calle como pollo sin cabeza ni dirección, anhelando llegar a la oscuridad de sus casas, como nosotros un rato antes. Pero eso era cuando no teníamos la mousse de mango. Ahora amamos el verano, el calor, el sudor y el asfalto derretido. Porque ya tenemos la mousse de mango. Y lo mejor de todo: vamos a tener que comer otra mousse porque se nos ha olvidado hacer las fotos para Toledo en Dulce, y eso no puede ser. Así que sacamos otro recipiente de la nevera, nos colocamos bien el sombrero de paja y dibujamos una sonrisa bien satisfecha en la cara bronceada para hacernos unos selfies junto a nuestra refrescante mousse de mango. Y ahora, sin más dilación, ¡a zampar!
Aaahh… qué bien se está a la sombra, con 34 grados en la calle y una rica mouse de mango en las manos…





Han puesto su alma en esta deliciosa y refrescante mousse de mango:

Lourdes Fernández
Nuestra Guerrillera de los Fogones
Con el cariño, buen hacer y delicadeza que requiere la repostería pongo todo el empeño en cada paso, y añado mi gusto por la decoración con el fin de sacar el mejor partido a Toledo en Dulce. Acompáñame en este viaje y descubrirás desde los dulces más clásicos hasta un increíble mundo repostero lleno de fantasía.

Ana Sanz
La Ilustre Gacetillera
Caminante de lejanos rincones que han tenido a bien acogerme; retornada a Toledo por vocación y añoranza. Lectora compulsiva, escritora en mis ratos libres; me gustan los dulces, los libros, caminar mientras divago, conocer sitios y disfrutar las cosas sencillas.




